El estrés y la ansiedad son fenómenos relacionados y es común intercambiarlos como conceptos, sin embargo, son diferentes. El estrés se origina cuando el organismo no es capaz de adaptarse a una situación que interfiere con la persona. Además, suele estar relacionado con problemas presentes, observables, objetivos y ante factores normalmente más externos. Por el contrario, la ansiedad es más común que se origine ante preocupaciones orientadas en el futuro, más difusas, subjetivas y ante factores internos.
La respuesta al estrés se activa a través del sistema nervioso autónomo, desencadenando la liberación de hormonas como el cortisol y la adrenalina. Esta respuesta fisiológica prepara al cuerpo para enfrentar la situación desafiante (respuesta de «lucha o huida»). Es un mecanismo evolutivo que hemos desarrollado filogenéticamente y es una herramienta poderosa y útil para poder adaptarnos a nuestro entorno.
Existen dos tipos principales de estrés:
- Estrés agudo: Es una respuesta inmediata a una situación específica y suele ser de corta duración. Por ejemplo, enfrentar una fecha límite en el trabajo o lidiar con una discusión breve.
- Estrés crónico: Es una forma persistente de estrés que puede resultar de situaciones prolongadas o repetitivas. El estrés crónico puede tener efectos más duraderos y perjudiciales para la salud mental y física. Ejemplos incluyen problemas financieros constantes o un entorno de trabajo hostil.
Los factores que contribuyen al estrés son diversos e incluyen factores individuales (personalidad, habilidades de afrontamiento), factores sociales (relaciones, entorno laboral), y factores ambientales (eventos traumáticos, cambios significativos en la vida).
Los efectos negativos del estrés crónico pueden incluir problemas de salud física (como enfermedades cardiovasculares) y problemas de salud mental (como trastornos de ansiedad o depresión). La gestión del estrés es fundamental para mantener el equilibrio emocional y físico. Las estrategias de afrontamiento incluyen técnicas de relajación, ejercicio, apoyo social, y la modificación de pensamientos negativos o irracionales mediante la terapia psicológica, entre otras intervenciones.
Uno de los trastornos psicológicos que puede generar el estrés y la activación continua del organismo es el insomnio.
INSOMNIO
El insomnio es un trastorno del sueño que se caracteriza por una disminución en la cantidad y/o calidad del sueño, produciendo un malestar significativo en la persona que lo padece. Este trastorno puede darse como una dificultad para iniciar el sueño (insomnio de inicio) o para retomarlo tras un despertar en mitad de la noche (insomnio de mantenimiento). En ambos casos la persona no logra tener una adecuada recuperación.
De todos los trastornos de sueño, el insomnio es el más prevalente. En España se estima que un 25%-30% de la población adulta padece insomnio situacional y un 10%-15% padece insomnio crónico.
Es importante destacar que el insomnio se puede dar en cualquier momento de la vida, aunque es menos frecuente en fases temprana y en la adolescencia. La primera década de la adultez sería el periodo dónde es más común que se desarrollen episodios de insomnio.
Dependiendo de la duración de los periodos de insomnio, este se divide en tres tipos:
- Insomnio agudo o situacional: se suelen producir por cambios vitales, estrés o cambios en el horario de sueño. Dura pocos días ya que los síntomas suelen desaparecer tras un periodo de adaptación.
- Insomnio persistente: se establece si la duración de los síntomas dura más de 3 meses.
- Insomnio recurrente: se establece si se producen dos o más episodios de insomnio que duran tres meses o más, en el plazo de un año.
Este trastorno puede tener un impacto grande en la salud mental y física de la persona que lo padece. La falta de sueño da lugar a síntomas como irritabilidad, ansiedad y depresión. También está relacionado con mayor fatiga, cansancio y debilitamiento del sistema inmunológico.
Estos síntomas pueden entorpecer el rendimiento laboral o académico de la persona debido a que se pueden producir fallos de memoria, dificultad para concentrarse y/o para tomar decisiones. Todo esto, junto con la falta de energía resultante de la privación de un sueño adecuado, puede debilitar las relaciones sociales, aumentando el riesgo de aislamiento social.
Algunas de las causas del insomnio pueden ser:
- Factores psicológicos: como el estrés, la ansiedad o la depresión. Estos trastornos pueden hacer difícil “desconectar” cuando llega la hora de dormir, lo que obstaculiza conciliar el sueño.
- Factores biológicos: la alteración de los ciclos del sueño debido a un desfase de horario, trabajar de noche, cambios hormonales como la menopausia o problemas médicos como el dolor o la apnea del sueño.
- Factores ambientales: por supuesto, el entorno donde dormimos tiene un papel crucial en la calidad del sueño. Algunos factores que puede deteriorar esa calidad son el ruido excesivo, luz intensa, temperaturas extremas, dormir en un colchón incómodo…
- Hábitos de vida: consumir cafeína, nicotina o alcohol puede dificultar el sueño, sobre todo si se consume justo antes de acostarse. También sucede con el uso de dispositivos electrónicos, debido a que la luz que emiten interfiere con la melatonina, la hormona del sueño
En cuanto a los tipos de tratamiento tenemos la terapia psicológica, la cual en este tipo de trastorno ayuda a cambiar aquellos pensamientos y comportamiento que obstaculizan el poder conciliar y mantener el sueño. Además, proporciona a la persona técnicas de relajación muy útiles para mejorar la calidad del sueño.
Además, es importante que la persona tenga una buena higiene del sueño incorporando hábitos y prácticas que contribuyen a tener un sueño saludable. Algunos de estos hábitos son: mantener un horario de sueño regular, dormir en un entorno tranquilo y oscuro, evitar el uso de dispositivos electrónicos justo antes de dormir, evitar le consumo de cafeína o tabaco… etc.
Por último, también se puede optar por el uso de un tratamiento farmacológico, pero este debería ser usado como último recurso y siempre acompañado de un seguimiento psicológico debido a los efectos secundarios que generan este tipo de medicamentos. Es un recurso que puede ser útil solo a corto plazo ya que no llega a la raíz del problema.